Marc Angélil, en el Foro BAI: «En el actual contexto climático, los arquitectos no tenemos tiempo para fracasar en materia de sostenibilidad»

Fernando Veiga, Patricia Minguito, Marc Angélil, César Martín-Gómez y Andrea Deplazes. (Fotos: Nekane Bariain)
Durante décadas, la arquitectura ha confiado en las innovaciones técnicas para garantizar la habitabilidad de los edificios. Sin embargo, la crisis climática y el actual paradigma de la sostenibilidad han puesto en evidencia los límites y, en muchos casos, la insostenibilidad de este modelo. Sobre esta premisa organizó la segunda sesión de Foro BAI 2026, un ciclo de conferencias promovido por el Building & Architecture Institute (BAI) y subvencionado por el programa Lidera del Servicio Navarro de Empleo–Nafar Lansare (SNE-NL) que reúne en Pamplona a algunas de las voces más relevantes del pensamiento, la arquitectura y la innovación contemporánea.
En este contexto, la Sala de Armas de la Ciudadela acogió la semana pasada la conferencia titulada ‘HVAC + W&S + E&IT: High Tech, Lean Tech, Low Tech, Slow Tech, No Tech’. La jornada fue introducida por la arquitecta Patricia Minguito, coordinadora académica del BAI, quien subrayó la vocación con la que ha nacido el foro: «Queremos abrir una conversación pública y rigurosa sobre la reflexión de los marcos intelectuales, ambientales, urbanos y tecnológicos que rodean al presente y el futuro de la arquitectura. A diferencia de nuestro otro ciclo de lecciones técnicas, Tech Talks BAI, el Foro BAI representa una dimensión más reflexiva y crítica, un espacio donde la innovación se piensa a través de la propia cultura».
El invitado principal fue Marc Angélil, arquitecto egipcio, investigador y profesor emérito de la ETH de Zúrich, cuya trayectoria se ha centrado en el estudio de las transformaciones urbanas y las dinámicas ambientales, políticas y económicas que configuran las ciudades actuales. Su intervención planteó una revisión crítica de los sistemas técnicos que hacen habitables los edificios, abordando la relación entre arquitectura, tecnología y responsabilidad ambiental a partir de su propia práctica profesional.

La jornada fue introducida por la arquitecta Patricia Minguito, coordinadora académica del BAI.
Lejos de una narrativa de éxitos, Angélil situó el error en el centro del aprendizaje. «Cuando empezamos en los años 80, no sabíamos ni qué era la sostenibilidad, pero queríamos intentarlo y muchas veces lo hicimos mal. Cometimos todos los errores imaginables», admitió para lanzar acto seguido una contundente advertencia: «El problema es que ya no tenemos tiempo para fracasar».
TRES PROYECTOS, UNA EVOLUCIÓN
A partir de su libro Flux Redox, el arquitecto recorrió tres proyectos desarrollados entre 1995 y 2022, que ilustran cómo ha cambiado su manera de entender la sostenibilidad: desde la obsesión por la eficiencia energética hasta una mirada más amplia que incorpora los materiales, el mantenimiento y el propio sentido de construir.
El primero, un proyecto para el aeropuerto de Zúrich desarrollado en los años noventa, partía de una idea radical: eliminar tanto la forma icónica como la dependencia tecnológica. «Revisamos aeropuertos increíbles de Osaka, Hong Kong o Kuala Lumpur, pero vimos que había un exceso de formas sin sentido, así que apostamos por el ‘menos es más'», detalló. El resultado fue una arquitectura deliberadamente austera, donde la clave no estaba en la imagen sino en el comportamiento del edificio. La clave, sin embargo, fue clara con el tiempo: no basta con reducir sistemas o simplificar, ya que hay que entender cómo estos influyen en el conjunto: «Aprendimos la lección y pasamos de la energía operativa a la energía incorporada. Esto fue hace más de veinte años, cuando intentábamos ser eficientes, pero aún no entendíamos todo el impacto».

Marc Angélil es arquitecto, investigador y profesor emérito de la Eidgenössische Technische Hochschule Zürich.
Diez años después, en la sede de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), cerca de Ginebra, el enfoque cambió. El proyecto introdujo el concepto de energía incorporada (la que contienen los propios materiales) y cuestionó uno de los dogmas más extendidos en la arquitectura contemporánea: nueva construcción como sinónimo de progreso. «Nunca demoler, siempre reparar», defendió con rotundidad. La experiencia demostró que reutilizar y adaptar puede ser no solo más sostenible, sino el ejemplo de que resulta innecesario construir más de lo preciso.
«Al ser la sede de organismos internacionales debíamos cumplir con muchísimos requisitos energéticos. Fue un proceso muy largo, incluso tuvimos que cambiar el menú con los cocineros porque la cantidad de energía utilizada en la producción de alimentos era astronómica. Cuando empezamos a trabajar en el proyecto, había un edificio en el terreno contiguo que querían demoler. Era una construcción posmoderna de los años 50, completamente hermética, con ventanas pequeñas y donde no era nada agradable trabajar. Pero decidimos remodelarlo. Construimos solo el 50 % y movimos a los empleados al viejo edificio para empezar las obras del nuevo. Resulta que al final les encantó y no quisieron mudarse de vuelta. No necesitaban el nuevo edificio porque tenían espacio suficiente desde el principio», apuntó.
En el tercer caso, su mujer y compañera de estudio decidió convertir un rancho de California en un espacio autosuficiente. Allí, la intervención no consistió en añadir, sino en transformar lo existente y entender el lugar como un sistema completo de recursos. Agua, energía, alimentos y materiales se integraron en un ciclo cerrado, apoyado en procesos participativos con la comunidad: «Muchas veces, los propios edificios ya contienen la solución, solo hay que saber verlo».
A modo de síntesis, Angélil formuló una serie de principios que impregnan su trayectoria y cuestionan la dependencia tecnológica en la arquitectura contemporánea. «No confíen en la tecnología», afirmó sin rodeos. A su juicio, está destinada a fallar, conlleva costes ocultos y debe utilizarse con la mayor moderación posible: «Usen la menor cantidad de tecnología posible. Y cuando falle, no la desechen: repárenla».
Su reflexión no se limitó al ámbito técnico, sino que apuntó también a las implicaciones sociales y políticas del modelo constructivo actual. «¿Hacemos arquitectura para los usuarios o como inversión?», lanzó al público criticando la proliferación de edificios vacíos en la mayoría de urbes europeas y asiáticas, concebidos como activos financieros más que como espacios habitables.
LA MESA REDONDA
La conferencia concluyó con una mesa redonda en la que participaron César Martín-Gómez, doctor arquitecto por la Universidad de Navarra y profesor en el Departamento de Construcción, Instalaciones y Estructuras de dicha entidad educativa; Fernando Veiga, profesor de la Universidad Pública de Navarra y doctor ingeniero por Tecnun‐Universidad de Navarra; y el propio Angélil. Los tres introdujeron cuestiones clave sobre la práctica profesional, la enseñanza y el papel de la tecnología.
Respecto a la relación entre arquitectos e ingenieros, Angélil defendió la importancia de trabajar con perfiles abiertos: «Si tengo un ingeniero que dice ‘no hagas eso’, no funciona. Pero si dice ‘qué interesante’, entonces sí quiero trabajar con él. También tienen que ser amables». Veiga lanzó una pregunta en relación al uso de tecnologías como la energía solar. El egipcio reconoció su valor, pero insistió en tener una mirada crítica a largo plazo. «Los paneles fotovoltaicos necesitan años para compensar su impacto y hay que reemplazarlos. Es un juego de equilibrios», explicó para subrayar después que no existen soluciones perfectas. La conversación derivó también hacia la enseñanza y el mantenimiento, un aspecto a menudo olvidado en la arquitectura. «Hay que hacerlo atractivo. El mantenimiento tiene que ser sexy porque también es arquitectura», ironizó.

César Martín-Gómez, de la Universidad de Navarra, y Fernando Veiga, de la UPNA, participaron en la mesa redonda.
En un plano más amplio y a modo de respuesta a cuestiones planteadas por algunos asistentes, Angélil abordó la relación entre sostenibilidad, política y sociedad. Recordó el punto de inflexión que supusieron acuerdos internacionales como el de París, pero también su posterior debilitamiento: «Sabemos qué hacer. La cuestión es si existe la voluntad política para hacerlo». Y, frente a la confianza en una solución tecnológica futura, se mostró escéptico: «Si la tecnología es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?».
Por eso, desde su punto de vista el futuro no pasa por un único sistema energético «milagroso», sino por una aproximación «más consciente, crítica y contextual». Así, en materia de cambio climático, distinguió entre mitigación, adaptación y un tercer escenario que rechazó abiertamente: el proteccionismo, «donde los ricos crean sus islas y el resto queda fuera». «Hay que luchar contra eso. La arquitectura no puede desligarse de las condiciones sociales, económicas y ambientales en las que se inscribe», sentenció antes de rematar que foros como el impulsado por el BAI aspiran precisamente «a generar el espacio de debate necesario para repensar no solo cómo construimos, sino por qué lo hacemos».